El organismo postergó la aplicación del tratado pandémico por desacuerdos sobre intercambio de patógenos, acceso a vacunas, diagnósticos y tratamientos ante futuras emergencias sanitarias globales.
La Organización Mundial de la Salud volvió a quedar en el centro de una negociación sensible: cómo preparar al mundo para una próxima pandemia sin repetir las desigualdades que dejó el COVID-19. Este viernes 1 de mayo, el organismo confirmó una demora en la implementación del tratado pandémico aprobado en 2025, por falta de consenso sobre el anexo referido al intercambio de patógenos y al acceso equitativo a vacunas, diagnósticos y tratamientos.
El punto trabado se conoce como PABS, por sus siglas en inglés: Pathogen Access and Benefit-Sharing. En términos simples, es el sistema que debe definir cómo los países comparten muestras e información sobre patógenos peligrosos y, al mismo tiempo, cómo reciben beneficios concretos si de esos datos surgen vacunas, medicamentos o pruebas de diagnóstico. La discusión no es técnica solamente. Toca intereses sanitarios, comerciales, científicos y geopolíticos.
El Acuerdo Pandémico de la OMS fue adoptado por la Asamblea Mundial de la Salud el 20 de mayo de 2025, después de un proceso iniciado en 2021 y atravesado por la experiencia de la pandemia de coronavirus. El objetivo declarado fue cerrar brechas de prevención, preparación y respuesta entre países ricos y países de ingresos bajos o medios. Pero la adopción del texto principal dejó pendiente la pieza más conflictiva: el anexo PABS.
Esa decisión permitió mostrar un avance político en 2025, aunque también trasladó el nudo central hacia 2026. Los Estados miembros tenían previsto cerrar el anexo antes de la próxima Asamblea Mundial de la Salud, convocada para mayo. Sin embargo, las negociaciones no llegaron a un acuerdo. Según Reuters, los resultados serán presentados en esa reunión y los países probablemente pidan más tiempo, con la posibilidad de empujar la finalización hacia 2027 o hacia una sesión especial durante este mismo año.
La OMS ya venía preparando el terreno para una extensión. El 28 de marzo, el organismo informó que los Estados miembros aceptaron prolongar las conversaciones sobre el anexo PABS y retomar el diálogo a fines de abril. En ese comunicado, el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, sostuvo que ese sistema está en el corazón del acuerdo pandémico y pidió a las delegaciones “believe in the power of trust”.
La frase expone el trasfondo político de la negociación. Para muchos países, especialmente del Sur Global, compartir información genética o muestras de virus sin garantías de acceso posterior a vacunas o tratamientos resulta una repetición de viejos desequilibrios. Durante el COVID-19, varias naciones denunciaron que aportaron información epidemiológica y sanitaria, pero quedaron relegadas cuando comenzó la carrera por dosis, insumos y tecnologías.
Del otro lado, la industria farmacéutica y algunos gobiernos miran con cautela cualquier mecanismo que pueda condicionar propiedad intelectual, producción, transferencia tecnológica o cupos obligatorios de distribución. Reuters señaló que el desacuerdo se concentra justamente en las reglas de intercambio de patógenos y en el reparto justo de los productos derivados de esa información.
La sociedad civil también siguió de cerca la discusión en Ginebra. Health Policy Watch informó que observadores de esas conversaciones consideraban improbable que el anexo PABS quedara listo para la Asamblea Mundial de la Salud de mayo de 2026. Esa lectura coincidió con el cierre de una nueva ronda negociadora entre el 27 de abril y el 1 de mayo, convocada para intentar acercar posiciones.
La demora golpea sobre una expectativa mayor: que el mundo llegue a la próxima emergencia sanitaria con reglas más claras que las existentes en 2020. El tratado busca ordenar cooperación, financiamiento, producción regional, vigilancia epidemiológica y distribución de insumos. Pero sin un mecanismo operativo sobre patógenos y beneficios, el acuerdo queda limitado en una de sus áreas más delicadas.
En términos institucionales, la OMS evita presentar el retraso como ruptura. La línea oficial apunta a sostener que existe avance, pero no consenso suficiente. Tedros insistió en la urgencia de continuar las conversaciones y recordó, según Reuters, que futuras pandemias son inevitables. El mensaje busca mantener presión diplomática sin romper el equilibrio entre gobiernos con intereses distintos.
La discusión también deja una señal para América Latina, África y Asia. Los países con menor capacidad de producción farmacéutica necesitan reglas que aseguren acceso temprano a vacunas, diagnósticos y tratamientos, no solo promesas de cooperación después de declarada una emergencia. Para las potencias científicas e industriales, el desafío pasa por aceptar compromisos sin perder control sobre laboratorios, datos, patentes y cadenas de suministro.
El conflicto no se expresa con tonos estridentes, pero contiene una disputa de fondo: quién aporta información, quién desarrolla productos, quién los paga y quién accede primero cuando el tiempo vale vidas. La OMS intentó convertir la memoria del COVID-19 en arquitectura internacional. La demora del anexo PABS muestra que esa arquitectura todavía depende de una negociación donde salud pública, soberanía y mercado siguen midiendo fuerzas.