La apertura importadora golpea a autopartistas argentinas, que enfrentan caída de ventas, producción y empleo mientras el Gobierno defiende la estabilidad macroeconómica como prioridad económica central.
La industria autopartista argentina quedó en el centro de una tensión que atraviesa al programa económico: la estabilización macro mejora algunos indicadores, pero al mismo tiempo expone a sectores industriales a una competencia externa más dura. Reuters describió el caso de Suspenmec, una pyme familiar de Sarandí dedicada a piezas de suspensión, con líneas de producción por debajo de su capacidad y ventas que este año caen cerca de 30%.
El cambio de escenario combina tres factores: menor protección comercial, importaciones más baratas y un peso más fuerte en términos relativos. Según datos citados por Reuters, las importaciones de autopartes subieron 11,6% en 2025, hasta unos US$10.320 millones, mientras las exportaciones crecieron apenas 1,2%, hasta aproximadamente US$1.280 millones. Las compras a China treparon 80,9% interanual, a US$1.460 millones, aunque Brasil siguió como principal proveedor.
El impacto no se limita a una empresa. La producción autopartista cayó 22,5% en los dos primeros meses de 2026 frente al mismo período del año anterior, de acuerdo con estadísticas oficiales citadas por Reuters. La producción de vehículos, que llegó a 490.000 unidades en 2025, bajó 19% interanual en el primer trimestre de 2026. También se registraron cierres o reducción de operaciones en firmas como SKF y Dana.
La apertura funciona como una prueba política para el Gobierno. Milei sostiene que la economía debe ganar competitividad, bajar costos y dejar atrás esquemas de protección que encarecían productos para consumidores y empresas. El problema es el ritmo de la transición. Para muchas pymes industriales, el ajuste no llega como una reconversión gradual sino como un golpe simultáneo sobre ventas, demanda y empleo.
La comparación con otros sectores muestra la fractura del modelo. Reuters señaló que mientras minería, agro y pesca mostraron subas de entre 8% y 15%, la industria manufacturera cayó 8,7% y el comercio minorista bajó 7%. Esa divergencia deja una lectura territorial: las actividades exportadoras o ligadas a recursos naturales aparecen mejor posicionadas, mientras ramas intensivas en empleo urbano e industrial quedan más expuestas.
El empleo es el punto sensible. La desocupación subió a 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, desde 6,4% un año antes, y el sector autopartista perdió cerca de 5.000 puestos en 2025, alrededor del 10% de su fuerza laboral, según AFAC citada por Reuters. Ese dato convierte la discusión productiva en un problema político: las ramas que sufren suelen ser las que más empleo formal y recaudación generan.
El caso autopartista se inscribe en una apertura más amplia. El País informó que marcas internacionales como H&M, Decathlon y otras firmas preparan su desembarco en Argentina, mientras sectores como el textil sufren una caída de producción superior al 30%. No es el mismo rubro, pero sí el mismo dilema: consumidores con más oferta importada, empresas locales obligadas a reconvertirse y un Estado que prioriza la competencia como herramienta de disciplina de precios.
La pregunta económica no es solo quién puede competir, sino con qué condiciones. Sin crédito productivo, escala exportadora, alivio tributario o una transición ordenada, muchas pymes enfrentan la apertura desde una posición débil. El Gobierno gana aire cuando muestra superávit comercial y estabilidad macro, pero pierde margen si esa estabilidad se traduce en cierres, empleo informal o caída de entramados industriales que después cuesta reconstruir.