La guerra en Medio Oriente, Ucrania y la pulseada entre Estados Unidos y China ya impactan en energía, comercio, precios y decisiones económicas.
Lo que hoy se llama geopolítica ya no se juega sólo en cancillerías o frentes de batalla. Se mete en el precio del barril, en las rutas marítimas, en el valor de los fletes y en la capacidad de un país para sostener crecimiento sin volver a disparar inflación. El Fondo Monetario Internacional todavía proyecta para 2026 una expansión mundial de 3,3%, pero esa cifra convive con un escenario mucho más inestable que el de hace un año. El Banco Mundial, de hecho, espera para América Latina apenas 2,3% de crecimiento este año y advierte que la región llega a esta etapa con tensiones comerciales, incertidumbre y demanda interna floja. El dato de fondo es ése: la economía global no está frenada por una sola crisis, sino por varias al mismo tiempo.
El frente que hoy manda en la agenda es Medio Oriente. Desde fines de febrero, la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán desordenó el principal corredor energético del planeta. El estrecho de Ormuz mueve alrededor de 20% del petróleo y del gas natural licuado que se comercia en el mundo, y su bloqueo parcial o total ya provocó el mayor shock de oferta petrolera que recuerdan los mercados en años. El 18 de marzo, el Brent subió a 108,66 dólares por barril, después de haber tocado en la semana picos de 119,50 dólares, mientras Arabia Saudita y Emiratos salieron a desviar exportaciones por oleoductos alternativos para evitar el cuello de botella marítimo. Arabia, por ejemplo, llevó el uso de su oleoducto este-oeste desde 1,7 millones de barriles diarios en 2025 hasta 5,9 millones al 9 de marzo, con la mira puesta en acercarse a su capacidad máxima de 7 millones.
El efecto no quedó en el petróleo. El golpe también entró por el gas. Qatar, uno de los grandes proveedores globales de GNL, frenó producción en instalaciones clave y llegó a cortar el equivalente a cerca del 20% de la oferta mundial de ese combustible, mientras ofrecía slots de descarga en Bélgica por la imposibilidad de cumplir con su operación habitual. Japón le pidió a Australia que aumente producción para cubrir faltantes, Asia empezó a redireccionar cargamentos originalmente pensados para Europa y Bruselas volvió a discutir cómo amortiguar otra suba energética cuando todavía arrastra la resaca del corte con Rusia. En apenas dos semanas, Europa vio saltos de hasta 60% en el precio del gas, sin el margen fiscal que tenía en 2022 para subsidiar masivamente a hogares e industrias.
Ahí aparece una de las claves de esta etapa: la geopolítica ya no encarece sólo la energía; encarece toda la circulación de bienes. Maersk quedó con diez buques varados en la zona del Golfo y suspendió reservas hacia varios destinos de Medio Oriente. Las tarifas de carga aérea treparon hasta 70% en algunas rutas por el cierre de espacios aéreos y el desvío de mercadería desde el barco al avión, aun cuando volar cuesta entre cinco y diez veces más que mover carga por mar. El caso de India sirve para medir la dimensión del problema: el país, que explica más de 40% del comercio mundial de arroz, ya registró una desaceleración de exportaciones porque el seguro, el combustible y el flete saltaron al mismo tiempo. Cuando sube el costo de mover energía, sube también el costo de mover alimentos, insumos farmacéuticos, fertilizantes y partes industriales. Por eso el efecto termina llegando al mostrador mucho después de que la noticia salió de la tapa internacional.
Ucrania, mientras tanto, sigue siendo el otro gran agujero negro de recursos, dinero y seguridad en Europa. En la primera mitad de marzo, Moscú dijo haber tomado 12 localidades en el frente y mantuvo presión en Donetsk, Zaporizhzhia y las zonas fronterizas. Kiev respondió que logró frenar parte de esa ofensiva y recuperar terreno en Zaporizhzhia, pero el dato político más fuerte pasa por otro lado: la guerra ya dejó de ser una emergencia pasajera y se convirtió en el nuevo piso estratégico europeo. La jefa de la diplomacia de la Unión Europea, Kaja Kallas, rechazó en estos días cualquier regreso al viejo esquema de “energía rusa barata” y advirtió que volver a los negocios como si nada hubiera pasado sería abrir la puerta a nuevas agresiones. En paralelo, el gasto militar europeo siguió escalando: los países de la UE pasaron de 343.000 millones de euros en defensa en 2024 a una proyección de 381.000 millones en 2025, con inversión récord en equipamiento. Dicho de otra forma: la guerra en Ucrania ya no sólo redefine fronteras; redefine presupuestos, industria y política energética en todo el continente.
El tercer vértice del tablero es la relación entre Estados Unidos y China, que sigue siendo la disputa de fondo. No hay un choque militar directo, pero sí una competencia cada vez más áspera por tecnología, comercio, minerales críticos y proyección en Asia. En los últimos días, Washington y Beijing volvieron a negociar en París para sostener la tregua comercial de octubre de 2025, con una agenda cargada de aranceles, exportaciones de tierras raras, controles sobre tecnología y compras agrícolas. A la vez, la cumbre que Donald Trump tenía prevista en Beijing quedó postergada por la crisis con Irán, una señal clara de hasta qué punto los frentes geopolíticos ya se pisan entre sí. En el medio aparece Taiwán: el presidente Lai Ching-te defendió un presupuesto extraordinario de 40.000 millones de dólares para defensa, mientras la inteligencia estadounidense sostuvo que China no está planeando actualmente una invasión en 2027, aunque mantiene la voluntad de usar la fuerza si lo considera necesario. La novedad, entonces, no es una guerra abierta entre potencias; es una competencia permanente que encarece chips, complica cadenas industriales y obliga a todos a tomar posición.
Ese cambio ya se ve en el comercio. La Organización Mundial del Comercio informó que el valor de las importaciones globales alcanzadas por nuevos aranceles y otras trabas se multiplicó por más de cuatro entre mediados de octubre de 2024 y mediados de octubre de 2025, hasta 2,64 billones de dólares, equivalentes al 11,1% del total de importaciones. En paralelo, la propia OMC calculó que el comercio mundial de mercaderías crecería apenas 0,5% en 2026, un número que muestra hasta qué punto la seguridad pasó a pesar tanto como la eficiencia. Empresas y gobiernos ya no deciden sólo dónde es más barato producir, sino dónde es menos riesgoso. El nearshoring, el friendshoring y la relocalización de cadenas dejaron de ser conceptos de seminario para convertirse en política industrial pura. Cuando el mundo empieza a comerciar menos por precio y más por desconfianza, los costos suben aunque no haya una recesión global declarada.
Para economías como la argentina, este cuadro no pasa de largo. El primer canal es obvio: un petróleo más caro mete presión sobre combustibles, transporte y costos logísticos. El segundo es menos visible, pero igual de pesado: en un mundo más inestable, el financiamiento se vuelve más selectivo y más caro para los países que ya llegan con fragilidad. El tercero puede abrir oportunidades, sobre todo para exportadores de energía, alimentos y minerales, pero no garantiza una mejora automática. En países con inflación alta, desequilibrios fiscales o crédito restringido, cada shock externo se filtra más rápido al precio interno que al ingreso de divisas. Por eso la lectura geopolítica ya no puede quedar encerrada en la sección internacional. Lo que se está moviendo no es sólo el mapa del poder: es también el costo de vivir, producir y comerciar.
El mundo entró en una etapa donde las guerras no se separan de la energía, la energía no se separa del comercio y el comercio no se separa de la política de poder. Medio Oriente volvió a definir el precio del barril. Ucrania sigue reordenando Europa. La rivalidad entre Washington y Beijing sigue marcando el ritmo de la tecnología y la industria. Y el resultado es un sistema más caro, más fragmentado y menos previsible. No alcanza con decir que “hay tensión global”. Lo que existe, en los hechos, es un nuevo desorden que ya está reescribiendo precios, alianzas y estrategias de largo plazo.