La Casa Blanca sostuvo que el alto el fuego cerró la etapa bélica, pero el Congreso discute si Trump puede evitar una autorización formal.
El presidente Donald Trump declaró este viernes 1 de mayo que las hostilidades entre Estados Unidos e Irán quedaron “terminated”, una palabra elegida con precisión jurídica y política en medio del vencimiento del plazo previsto por la Ley de Poderes de Guerra de 1973. La Casa Blanca busca sostener que, con el alto el fuego vigente desde comienzos de abril, no corresponde pedir una autorización formal al Congreso para continuar la operación militar.
El planteo llegó en una fecha clave. Según Reuters y Associated Press, Trump notificó al Congreso 48 horas después de ordenar ataques aéreos contra Irán el 28 de febrero. Esa comunicación activó el reloj legal de 60 días que limita la capacidad del presidente para sostener operaciones militares sin aval parlamentario. El 1 de mayo, ese plazo quedó en el centro de la pelea institucional en Washington.
La administración republicana sostiene que el alto el fuego modificó el escenario. Un alto funcionario citado por Reuters afirmó que, “para los fines de la Resolución de Poderes de Guerra”, las hostilidades iniciadas en febrero quedaron terminadas. La lectura oficial apunta a evitar que el plazo legal obligue a la Casa Blanca a retirar fuerzas o buscar una votación en el Capitolio.
El argumento no cerró la controversia. Legisladores demócratas cuestionaron que una tregua pueda suspender o anular el mecanismo previsto por la ley. También señalaron que la presencia militar estadounidense en la región y las acciones sobre el comercio petrolero iraní mantienen abierto un cuadro de confrontación. Para ese sector, el Ejecutivo no puede resolver por carta una discusión que involucra competencias constitucionales del Congreso.
La Casa Blanca, en cambio, se apoya en una tradición más amplia de presidencias que resistieron los límites impuestos por la Ley de Poderes de Guerra. Esa norma, aprobada en 1973 después de Vietnam, buscó restringir la capacidad del Ejecutivo para involucrar tropas en conflictos externos sin control legislativo. En la práctica, distintos gobiernos discutieron su alcance, aunque el caso iraní vuelve a poner el tema en primer plano por el peso militar, diplomático y energético del conflicto.
El frente diplomático tampoco mostró avances firmes. El mismo día en que la Casa Blanca defendió que la etapa bélica estaba terminada, Trump rechazó la última propuesta iraní para encaminar conversaciones. “I’m not satisfied with it”, dijo el presidente ante periodistas en la Casa Blanca. Luego agregó que Teherán pedía cosas que él no podía aceptar.
La respuesta dejó una escena ambigua: Washington afirma que la guerra quedó cerrada para no activar el requisito de autorización legislativa, pero al mismo tiempo mantiene una posición dura frente a Irán. Según Reuters, Estados Unidos e Irán suspendieron las hostilidades desde el alto el fuego del 8 de abril, aunque siguen enfrentados por el programa nuclear iraní, el control del estrecho de Ormuz y las condiciones para una segunda reunión entre funcionarios de alto nivel.
El estrecho de Ormuz aparece como uno de los puntos más sensibles. Por allí circula una parte central del comercio energético global, y la presión sobre esa vía impacta en los precios internacionales. Reuters informó que el Brent retrocedió cerca de 1% este viernes, aunque venía de tocar un máximo de cuatro años en la jornada anterior, dentro de un mercado todavía condicionado por la tensión entre Washington y Teherán.
En el Congreso, la correlación de fuerzas favorece por ahora a Trump. La mayoría republicana bloqueó intentos demócratas de forzar límites o exigir una autorización expresa para la continuidad de la intervención. Aun así, Associated Press consignó que algunos senadores republicanos marcaron reparos y pidieron participación parlamentaria si las hostilidades vuelven a intensificarse.
La discusión excede el caso iraní. En Washington, cada conflicto de este tipo reactiva una pulseada histórica entre la autoridad presidencial como comandante en jefe y la potestad del Congreso para declarar la guerra y controlar el uso prolongado de la fuerza. La diferencia, esta vez, es que la Casa Blanca pretende cerrar el debate con una fórmula política: no pedir permiso porque, según su interpretación, ya no existe guerra activa.
En términos internacionales, el mensaje norteamericano combina señales de distensión y presión. Por un lado, Trump presenta el alto el fuego como prueba de que las hostilidades se terminaron. Por otro, rechaza la propuesta iraní, mantiene exigencias sobre el programa nuclear y evita comprometer una salida diplomática rápida. Esa doble vía deja el conflicto en un terreno incierto: sin enfrentamiento abierto de gran escala, pero tampoco con un acuerdo que ordene el vínculo entre Washington y Teherán.