El premier israelí busca reducir a cero la ayuda militar estadounidense y apunta contra las plataformas digitales por el deterioro del respaldo internacional en Estados Unidos.
Benjamin Netanyahu eligió una entrevista de alto impacto en la televisión estadounidense para dejar dos mensajes con peso político: Israel quiere dejar de depender de los US$ 3.800 millones anuales de asistencia militar de Estados Unidos y, al mismo tiempo, considera que la batalla por la opinión pública se juega cada vez más en los teléfonos celulares.
En diálogo con 60 Minutes, de CBS, el primer ministro israelí dijo que pretende llevar “a cero” el componente financiero del apoyo militar norteamericano en un plazo de diez años. “Empecemos ahora”, sostuvo, en una definición que busca mostrar autonomía estratégica, pero que llega en un momento de desgaste de la imagen de Israel dentro de Estados Unidos. Reuters recordó que Washington acordó otorgar US$ 38.000 millones en ayuda militar entre 2018 y 2028.
El dato central, sin embargo, no está solo en la caja militar. Netanyahu reconoció que el respaldo social a Israel dentro de Estados Unidos se deterioró y ubicó a las redes sociales como un factor decisivo. Según dijo, la caída del apoyo “se correlaciona casi al 100%” con el crecimiento de las plataformas digitales, a las que describió como un frente más de la guerra. En esa lectura, la disputa ya no se limita a Gaza, Irán, Líbano o los despachos diplomáticos: también se libra en X, TikTok, Instagram, YouTube y en la circulación permanente de imágenes, testimonios, denuncias y operaciones de influencia.
La frase revela un cambio de época. Durante décadas, Israel contó con un consenso político sólido en Washington, sostenido por la alianza militar, la cooperación en inteligencia y una narrativa compartida sobre seguridad regional. Pero ese consenso empieza a mostrar fisuras. Un relevamiento de Pew Research Center realizado del 23 al 29 de marzo de 2026 indicó que el 60% de los adultos estadounidenses tiene una opinión desfavorable de Israel y que el 59% expresa poca o ninguna confianza en Netanyahu para actuar correctamente en asuntos mundiales.
El impacto generacional también pesa. Pew marcó que en ambos partidos, entre los menores de 50 años, crecen las miradas negativas sobre Israel y sobre el propio Netanyahu. Gallup, por su parte, registró que entre los estadounidenses de 18 a 34 años, el 53% dice simpatizar más con los palestinos, frente al 23% que se inclina más por los israelíes. Es un movimiento de opinión que atraviesa universidades, campañas electorales, debates familiares y consumos informativos muy distintos a los de generaciones anteriores.
Ese ecosistema digital funciona con otra lógica. Las guerras ya no llegan al público solo por comunicados oficiales, conferencias de prensa o coberturas televisivas. Llegan en videos breves, cuerpos rescatados entre escombros, soldados filmados con celulares, mapas virales, cuentas anónimas, activistas, periodistas locales y gobiernos que buscan imponer sentido. En ese terreno, cada imagen compite por la emoción inmediata de millones de usuarios. La legitimidad política se construye o se erosiona en tiempo real.
Netanyahu atribuyó parte de ese deterioro a la manipulación de redes por parte de “varios países”, aunque no los identificó. También admitió que Israel no rindió bien en la “guerra de propaganda”, una definición significativa para un gobierno que históricamente trabajó con fuerte disciplina comunicacional. Su argumento apunta a separar los errores militares de la percepción pública: acepta que en una guerra mueren civiles y que se cometen fallas, pero insiste en que la imagen global de Israel recibe daño por campañas externas.
La pregunta que queda abierta es cuánto de ese cambio responde a operaciones digitales y cuánto a la exposición directa de la violencia. Para una parte creciente del público estadounidense, sobre todo joven, las imágenes de Gaza y Líbano no pasan por intermediarios tradicionales. Se consumen sin edición televisiva, con traducciones instantáneas, comentarios de influencers, organizaciones de derechos humanos, cuentas proisraelíes, cuentas propalestinas y algoritmos que premian la indignación.
En paralelo, Netanyahu endureció su posición sobre Irán. Dijo que todavía queda “trabajo por hacer” porque Teherán conserva uranio enriquecido y sitios de enriquecimiento que deberían ser desmantelados. Consultado sobre cómo retirar ese material, respondió: “Entrás y lo sacás”, aunque evitó hablar de planes militares concretos. También sostuvo que un eventual debilitamiento del régimen iraní tendría efectos sobre Hezbollah, Hamas y los hutíes.
El primer ministro también mencionó a China, al señalar que Beijing aportó “cierta cantidad de apoyo” y componentes vinculados con la fabricación de misiles para Irán, aunque evitó ampliar detalles. En el mismo tramo de la entrevista, CBS ubicó esa respuesta en el contexto del estrecho de Ormuz, una zona sensible para el comercio petrolero global y para los cálculos estratégicos de Washington, Jerusalén, Teherán y las monarquías del Golfo.
La propuesta de cortar gradualmente la asistencia militar de Estados Unidos también tiene lectura interna norteamericana. En un clima político donde la ayuda exterior se discute con mayor dureza, Netanyahu busca anticiparse a un Congreso menos automático. El mensaje puede leerse como gesto de independencia, pero también como reconocimiento de que la vieja arquitectura de respaldo bipartidista ya no garantiza el mismo margen.
En esa disputa, las redes sociales aparecen como termómetro y como actor. No solo reflejan la posición de las personas: la moldean, la aceleran y la vuelven presión política. Para Israel, el frente digital dejó de ser una cuestión secundaria. Para Netanyahu, ya forma parte del campo de batalla.