Quirno confirmó la salida de Mohsen Soltani Tehrani, expulsado tras el cruce diplomático con Teherán, en otra señal del endurecimiento argentino frente al régimen iraní.
El principal representante diplomático de Irán en la Argentina ya dejó el país. La novedad la confirmó este sábado el canciller Pablo Quirno, después de que la Casa Rosada lo declarara “persona non grata” y le ordenara retirarse en un plazo de 48 horas. El funcionario desplazado es Mohsen Soltani Tehrani, que se desempeñaba como encargado de negocios ad interim y quedó en el centro de una escalada que, en pocos días, llevó la tensión bilateral a uno de sus puntos más altos de los últimos años.
La decisión contra Irán se formalizó el jueves 2 de abril a través de un comunicado de Cancillería, que invocó el artículo 9 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961 para declarar persona no grata a Soltani Tehrani. En ese texto, el Gobierno sostuvo que la medida respondió a un pronunciamiento del régimen iraní con acusaciones “falsas, ofensivas e improcedentes” contra la Argentina y sus máximas autoridades, al considerar que se trató de una intromisión directa en asuntos internos.
El anuncio de Quirno sobre la salida del diplomático cerró el tramo más inmediato del conflicto, aunque no despejó el cuadro general. La lectura oficial es que Irán cruzó un límite al cuestionar en términos duros una decisión soberana del Estado argentino. La respuesta local no fue solo administrativa: buscó enviar una señal política hacia afuera y también hacia adentro, en línea con la postura que Javier Milei viene sosteniendo en política exterior, con alineamiento explícito con Estados Unidos e Israel.
El choque arrancó a tomar forma el 31 de marzo, cuando la Oficina del Presidente informó que el Gobierno incorporó al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica al listado argentino de organizaciones terroristas y dispuso su ingreso al RePET. En ese comunicado, la Casa Rosada vinculó esa estructura con los atentados contra la Embajada de Israel en 1992 y la AMIA en 1994, y remarcó que la decisión se apoyó en antecedentes judiciales y de inteligencia acumulados en la Argentina. Desde ese momento, Irán pasó a ocupar un lugar todavía más áspero en la agenda diplomática local.
La jugada oficial no quedó en el plano simbólico. Con la inclusión de la Guardia Revolucionaria en el registro de entidades vinculadas al terrorismo, el Gobierno habilitó sanciones financieras, restricciones operativas y un mayor cerco sobre cualquier eventual vínculo con el sistema local. En paralelo, la expulsión del encargado de negocios empujó el conflicto a un plano diplomático concreto. Aunque en el oficialismo dejaron trascender que todavía no se trata de una ruptura formal de relaciones, el mensaje hacia Irán fue de endurecimiento sin medias tintas.
Cancillería también sumó otro argumento que en la Argentina tiene un peso propio: la falta de cooperación de Irán con la Justicia en la causa AMIA. En el comunicado del 2 de abril, el ministerio recordó la persistente negativa del régimen a colaborar con la investigación y a cumplir con las órdenes internacionales de detención y extradición de los acusados. El texto incluso subrayó como especialmente grave que integrantes de la Guardia Revolucionaria requeridos por la Justicia argentina ocupen cargos de alta responsabilidad en la estructura estatal iraní.
En ese marco, la salida de Soltani Tehrani no aparece como un episodio aislado sino como una pieza más dentro de una estrategia más amplia. La administración Milei intenta mostrar que su política exterior no se mueve por gestos sueltos, sino por una línea de confrontación abierta con actores que considera ligados al terrorismo internacional. El problema es que ese camino también expone a la Argentina a una escalada de tensión diplomática en una coyuntura internacional muy cargada, con Oriente Medio atravesado por un conflicto que volvió a poner a Irán en el centro del tablero.
Con el diplomático ya fuera del país, el Gobierno cerró una etapa, pero dejó abierta una pregunta mayor sobre hasta dónde piensa llevar este choque. Por ahora no hubo una ruptura formal de relaciones, aunque la expulsión del principal representante iraní en Buenos Aires dejó una marca política clara. La Casa Rosada eligió responder con dureza, apoyada en el recuerdo todavía abierto de los atentados de los años 90 y en una línea geopolítica que no busca matices. En ese esquema, Irán quedó otra vez como un adversario directo en el discurso oficial argentino.