UNICEF advirtió que más de 2.100 niños fueron asesinados o heridos en Oriente Próximo desde fines de febrero, en una crisis que arrasa escuelas y hospitales.
La guerra que se expande por Oriente Próximo está dejando una de las crisis más graves de las últimas décadas para la infancia. Según datos oficiales de UNICEF presentados ante Naciones Unidas, más de 2.100 niños fueron asesinados o heridos en menos de un mes de conflicto, lo que equivale a casi cuatro menores víctimas por hora desde el inicio de la escalada a fines de febrero.
El dato no es una estimación abstracta: surge de reportes verificados en terreno por agencias internacionales y refleja el ritmo real de la violencia sobre la población civil más vulnerable. La cifra incluye niños muertos y heridos en múltiples países afectados por la guerra regional, entre ellos Irán, Líbano e Israel, lo que confirma que el conflicto ya no está contenido en un solo frente sino que impacta de forma transversal en toda la región.
En detalle, los reportes indican que al menos 206 niños murieron en Irán, 118 en Líbano, cuatro en Israel y uno en Kuwait, aunque las propias agencias advierten que estos números son parciales y que el total real podría ser significativamente mayor debido a la dificultad de registrar víctimas en zonas bajo ataque constante.
Pero el impacto más profundo no se mide solo en muertos. La guerra está desarmando completamente las condiciones de vida de millones de chicos, especialmente en países como Líbano, donde el conflicto generó un desplazamiento masivo en tiempo récord. En ese país, más de un millón de personas abandonaron sus hogares, y entre ellas se estima que hay al menos 350.000 niños.
El nivel de desarraigo es tal que, según Naciones Unidas, en apenas 24 horas unos 18.000 menores tuvieron que huir de sus casas, muchos de ellos sin documentación, sin acceso a atención médica y separados de sus entornos escolares. Esto se traduce en una ruptura total de su vida cotidiana: chicos que dejan de ir a la escuela, pierden rutinas básicas y pasan a vivir en condiciones de hacinamiento, con acceso limitado a agua potable, alimentos y abrigo.
En paralelo, el sistema sanitario de la región está siendo golpeado de forma directa. La Organización Mundial de la Salud confirmó que decenas de hospitales, centros de salud y ambulancias fueron atacados o dañados, lo que agrava exponencialmente la situación. Solo en Irán se registraron 18 ataques contra instalaciones sanitarias, mientras que en Líbano se contabilizaron al menos 25, con personal médico entre las víctimas.
Esto genera un efecto en cadena: no solo hay más heridos, sino que hay menos capacidad para atenderlos, lo que eleva la mortalidad incluso en casos que podrían haber sido tratables. En contextos de guerra, la destrucción del sistema de salud suele tener un impacto tan letal como los propios bombardeos.
La educación tampoco escapa a la devastación. Uno de los casos más impactantes reportados por organismos internacionales fue el ataque contra una escuela primaria de niñas en el sur de Irán, donde murieron más de un centenar de personas, muchas de ellas alumnas. Este tipo de episodios no solo representan una tragedia inmediata, sino que también profundizan el trauma colectivo y la pérdida de espacios seguros para la infancia.
A esto se suma un dato estructural clave: la región ya venía atravesando una crisis prolongada antes de esta nueva guerra. En los territorios palestinos, por ejemplo, organismos de la ONU registraron que más de 1.000 personas murieron en Cisjordania desde 2023, incluidos al menos 233 niños, mientras que en Gaza, en el marco del conflicto previo, decenas de miles de menores habían sido asesinados o heridos.
Es decir, la actual escalada no impacta sobre una población intacta, sino sobre una infancia que ya venía profundamente golpeada por años de violencia, bloqueos, crisis económicas y colapso institucional.
El daño psicológico es otro de los ejes críticos. Especialistas en infancia de Naciones Unidas advierten que miles de niños están expuestos a niveles extremos de estrés, miedo constante, pérdida de familiares y destrucción de su entorno, lo que puede derivar en trastornos de largo plazo, desde ansiedad severa hasta estrés postraumático.
En este escenario, incluso la ayuda humanitaria enfrenta obstáculos crecientes. Las rutas de acceso -aéreas, marítimas y terrestres- están siendo afectadas por el conflicto, lo que retrasa o impide la llegada de suministros esenciales. Esto incluye medicamentos, alimentos terapéuticos, kits de emergencia y agua potable, todos elementos críticos en situaciones de desplazamiento masivo.
Frente a este cuadro, las agencias internacionales coinciden en un punto: la situación es insostenible. UNICEF, la OMS y otros organismos reiteraron en los últimos días la necesidad urgente de un alto el fuego, la protección de la población civil y el respeto por infraestructuras clave como hospitales y escuelas.
El dato que sintetiza la magnitud de la crisis es brutal en su simpleza: cada hora, cuatro niños mueren o resultan heridos en Oriente Próximo. No es una proyección ni una advertencia futura. Es lo que ya está ocurriendo. Y mientras la guerra continúa expandiéndose, ese número sigue creciendo.